jueves, 21 de julio de 2011

TEXTO Nº 9 (Odiando los cables enrredados entre los zapatos, y odiando los zapatos que pierden lustre entre los cables)

Entre los cuerpos que se disimulan, que se tuercen, se tragan la sombra. Buscan el borde de una montaña, y juegan a saltar sobre los pechos inflados de las palomas. Cumplen con los sueños de las madres, los deseos de las esposas y el sinsabor de una oficina. La misma computadora que se come tus horas, que te sorprende y te ataca con un protector de pantalla. Entonces uno vuelve a ser un cuerpo, mira un campo, verde de monotonía y sin moverse de su propio eje, y se sienta en una nube gris para que sus pies se estremezcan por las cosquillas del pasto. Por cuadras de portafolios que llevan hombres, entre boca de bancos, que te sacan las tarjetas y se comen los minutos de tu reloj, monigotes de traje, corbata, cascos de moto  o pichones de pinchapapeles se sacuden la modorra del hábitos. La frente se quema bajo la decepción, la rutina de no ser lo que se quiera ser, de ser lo que otro ansiaba que seas, de tener que ser aquello que los demás esperan que vos seas.
Burlate de los prismáticos de madera, los cuatro reyes del mazo, y hasta el chino, que sale desde detrás de la caja registradora gritando. El agua hierve, apaga la pava, y no te sientas culpable por las hojas sin barrer. Es otoño, te lloran los ojos –sino quedan más partes por llorar, que sean ese par de puntos verdes, a los lados de tu nariz- y los pañuelos de papel están en la mesa del comedor, el escritorio de la computadora, tu mesa de luz. Los rollos no crecen en los árboles, la gente te mira de reojo y vos no contenes la tos. En la oficina, las charlas son cortas y monótonas, tus oídos siguen tapados y no se te pasa por la cabeza pensar en ese libro, en tu mochila. Todos hablan acerca de aquellos que quieren oír. Son parte de la rutina, no hay resfrío, ni ideas propias.
Entonces hay cuerpos en oficina-monigotes-pinchapapeles-cuatro reyes y otras treinta y seis cartas en la baraja-un campo verde-protector de pantalla-escritorio de la computadora.


martes, 12 de julio de 2011

(Comienza con una pausa)


Y después que el humo del cigarrillo, a medio apagar, comienza a hundirse en el aire, me doy cuenta que ni siquiera tuve en cuenta que llegamos
al, esperen, no me dan las cuentas,

TEXTO N° 2 (Pero la luz se apaga y triste queda la vista)

No quedan borradores,
no hay documentos guardados,
no quedan insultos,
se me cayeron de la mochila
mientras esperaba el 219
en la estación de Quilmes.

No sé que palabra sigue.
Va a ser una palabra
o un ritmo lento,
que descansa,
entre las teclas de una computadora.

Puede ser pálido,
pálido como tu piel
mientras tu sangre
llena una copa
y todos la beben,
pero sólo esperan la orgía.

La taza de te, fría, y las migas en un repasador, el iconito de MSN que pasa a ausente, y muevo el mouse, y se vuelve verde –juego de fotosíntesis en medio de la era de la Internet-. Busco aunque sea una nota, algo que quede de lo anterior, pero mis manos siguen, y escriben casi automáticamente, espero que explote todo, que se vuelva una simple mentira o se borre cada uno de los débiles trazos, en ese lápiz sin punta, que cae sobre el papel.

Y lo lastima,
raya sin cesar,
quema lo blanco
de la hoja,
no deja siquiera lugar
a que entre una línea.

Línea que salga del dibujo,
línea que caiga en medio de una poesía,
línea blanca y
me quema la cabeza,
ya no sigo,
apenas siento mi cara,
no sé si estoy yo
u otro me arranca las hojas
del cuaderno.

presto, tan sólo,
lo que queda
en un cuerpo simple, flaco,
que no dice nada
más allá de sus pocas palabras.

Entonces, esperen, ¿Cómo seguíamos? esto es, el texto n| 2. Aunque le pedimos documentos, antes de entrar, y no vimos ningún número. Llamen a mi amigo, ese que está de militar, con gesto serio, y que pide, en tono marcial <<Estire su brazo derecho, arremánguese>>, mientras saca su cuchillo y anota una cifra tras otra…
La cocina esta apagada, pero siento olor a gas…
Y no quedan borradores…y todo oscuro, esta luz de mierda. Triste, miro a la pantalla.

sábado, 9 de julio de 2011

La construcción del príncipe humanista en Gargantúa de F. Rabelais


“El pueblo, en su inmensa mayoría,
detesta la guerra y pide la paz”
Extracto de Querela Pacis, Erasmo de Rotterdam
           
A lo largo de su obra, Rabelais va a esbozar los aspectos básicos y necesarios para la construcción del príncipe humanista. En estas líneas se va a mostrar, en un principio,  cuál ha de ser la formación de este príncipe, y luego, cuál es la concepción propia del autor francés acerca de la figura del príncipe, contraponiéndose a las ideas de otras corrientes sobre estas mismas concepciones.
La educación del joven Gargantúa[i] se da a lo largo de los primeros capítulos de la obra en ciertas etapas. En un principio, tal como se desarrolla a lo largo de los primeros trece capítulos, vemos que la misma tiende a darle libertad al niño. Nos encontramos con el niño que disfruta de muchos tiempos de ocios, y no tiene límite en sus antojos. Al respecto de esto, nos resulta útil las palabras de Charpentier, al afirmar que ‘se trata en realidad de una anti-educación o incluso a una ausencia de educación: se muestra al niño pequeño librado a sí mismo y dando rienda suelta a la vida salvaje de sus instintos’. Dada la gran capacidad que se ve en el niño, a los prodigios que realiza –como la invención de un limpiaculos-, su padre, Grangaznate, decide encomendar su educación a un sofista, Tubal Holofernes. Sin embargo, bajo la influencia de este maestro,  consigue recitar la cartilla de memoria, o leer en escritura gótica. Y esto hechos son criticados duramente por la corriente humanista del momento, no tienen sentido y sólo automatizan al individuo, le quitan los elementos propios de un pensamiento crítico[ii]. Grangaznate, como marca de un buen rey, se da cuenta  del error en que  incurrió[iii], y procede a solucionarlo. El saber que enseña el sofista –la pedagogía escolástica-no es bueno ni noble para su heredero, y por esto lo encomienda maestros humanísticos. De la mano de estos, va a encontrarse con la filología,  y la puesta en práctica. Va a existir una cercanía con los textos originales. Esta nueva formación lo va a poner, parafraseando a Artal, en ‘camino para concretar un modelo de hombre y de sociedad, basados en un saber puro y sólido’[iv]. A partir de ahora, el hombre se va a plantear como una unidad de cuerpo y espíritu. Se borran todas las marcas de su anterior formación escolásticas –y es llamativo que para esto se emplee medicina, el eléboro de Anticira, propio en esa época para combatir la locura-, y se le mantiene ocupado en cada hora del día.  Se ejercita el cuerpo y el intelecto. Vemos cómo en un principio sigue con sus viejos hábitos, detallan sus juegos, banquetes y descansos. A partir de ahí, se lo va a corregir, llegado al punto que ni siquiera tiene descanso en días de lluvia (véase Rabelais, Capítulos XXII a XXIV).
A partir de este punto, se sucede el episodio de la guerra contra Picrócolo. A lo largo de toda esta sección del relato, vamos a ver, puesta en práctica, las modelos de reyes. Grangaznate, símbolo de la razón y la templanza, actúa a favor de los suyos, y busca evitar la guerra que le produce una gran desdicha: se ve su pesar en el Capítulo XXVIII, cuando es puesto al tanto de la situación, ante lo que va a dictar que ‘no emprenderé la guerra  mientras no haya agotado todas las artes y todos los medios de paz. Estoy resuelto a hacerlo’[v]; o también la arenga de su primer enviado a los reinos de Picrócolo, al decir que ‘por ende, no es de maravillar que el rey Grangaznate, mi señor, ante tu furiosa y hostil bienvenida, haya sido presa de un gran disgusto, y se haya visto perturbado en su entendimiento’[vi]. Desde ya, se pueden hacer uso de numerosos ejemplos sobre esta cuestión, pero creo que estos son suficientes para marcar la desazón y la postura tomada por el rey noble, Grangaznate, frente a esta guerra absurda. Como contraparte de esto nos encontramos con Picrócolo, un rey que actúa casi sin pensar, con objetivos que están más allá de la razón y rodeado de malos consejeros. Está construido, en parte, bajo el tópico de la rueda de la fortuna. Así como en el pasado, amabas familias formaban una poderosa alianza que era temida por otros pueblos, ahora, que Picrócolo se muestra en su apogeo, está predestinado a caer, debido a que es incapaz de moderar su razón y su templanza. Mientras este se prefigura bajo la postura del príncipe que quiere obtener territorios, con una idea expansionista, el padre de Gargantúa se nos muestra como un rey pacífico, que sólo intenta preservar sus territorios y sus vasallos. Nos va a decir al respecto:
“[…] Mi propósito no es provocar sino sosegar, no es atacar sino defender, con es conquistar sino conservar a mis leales súbditos y las tierras heredadas, en las que, sin causa ni razón, ha entrado hostilmente Picrócolo, y de día en día perpetúa su loca empresa con excesos no tolerables por las personas libres […]”[vii].
La guerra es lo último que quiere Gargantúa, por lo que busca todas las alternativas posibles antes de llegar a eso[viii]. Va a enviar una primera embajada, a cargo de Ulrico Gallet, que va a tener un resultado infructuoso; acto seguido, pide que se reúna su concejo, y que indague acerca de las razones del asunto. Cuando estuvo al tanto de la ocurrido (Véase Rabelais, Op. Cit., Cap. XXV, Págs. 208 a 215), mandó a que se devuelvan los bollos, junto con un monto para resarcir a aquel que fue agredido. Nuevamente, Picrócolo no acepta este acto, se queda con las carretas y los bollos, y expulsa de su territorio a los mensajeros.
Por lo tanto, se ve que Grangaznate llega a la guerra cuando no tiene más opciones. Sin embargo, tal como le informa a su hijo, en la carta del Capítulo XXIX, esta guerra va a ser con el menor derramamiento de sangre posible. El objetivo va a ser salir airosos mediante estrategias bélicas, con argucias, para que los guerreros regresen a sus hogares sin daños. La misma postura tiene ante sus enemigos, y una vez concluido el conflicto –de manera favorable para el bando de Gargantúa- libera a todos los habitantes de la ciudad de pagar algún tributo hacia él, e incluso deja a Ponócrates como tutor del heredero al trono. a su vez, construye un castillo fortificado en la ciudad, así pueden estar preparados para futuros ataques. Sólo castiga a los instigadores de la rebelión, pero deja al resto del pueblo al margen.
Como último punto, tenemos la situación de los consejeros. Como ya se dijo, los consejeros de Grangaznate responden al rey con su misma mesura. Busca preservar su territorio, y no lo instigan a cometer acciones perniciosas para el pueblo. Pero los consejeros de Picrócolo son parte en el accionar equivocado de su rey[ix]. Lo ponen en peligro, al planear una campaña bélica que está más allá de la razón, donde prácticamente su rey ha de conquistar la mitad del mundo para poder salir victorioso frente a Grangaznate. Sólo uno de sus consejeros, Equefron, muestra mesura entre todas las filas de Picrócolo. A su vez, los malos consejos también están en el capitán Tocapilila, quien recomienda al rey que se roben las carretas y los bollos enviados para subsanar la ofensa, y que eso no es más que una marca de temor por parte del rey Grangaznate. Estos consejeros parecen buscar la guerra, ya que la consideran una fuente de ganancia, una forma de expansión, sin tener en cuenta el poder del rey adversario. Van en contra del pobre pueblo, lo arriesgan a una matanza inútil. Aquí se hacen eco las palabras ‘¡Oh, ceguedad de nuestro entendimiento! Que en lugar de abominar esto (la guerra), haya quien la aplauda, quien con alabanza lo ensalce, quien la cosa más abominable del mundo la llame santa, y avivando el enojo de los príncipes, cebe el fuego hasta que suba al cielo la llama’. (Erasmo de Rotterdam, “La guerra es grata para los inexpertos”. En Obras escogidas, Madrid, Ed. Aguilar, 1964, Pág.  1039)
Para Erasmo, un pacifista, en la guerra se opone a todos los hombres, se matan cristianos con otros cristianos. Y dada su caridad cristiana y su cercanía a los Evangelios, no puede hacer otra cosa más que reprobar la guerra, sin importar que tan justa sea. Por esto, Grangaznate y Gargantúa van a ser los reyes que lleven este modelo humanista a la práctica.
















[i] Para citas y referencias sobre el libro, véase Rabelais, François, Gargantúa, Madrid, Ed. cátedra, 2008 [Trad. y Ed. de Alicia Yllera]
[ii] Para ver más a fondo esta cuestión, véase Demerson, Guy, “Paradigmes épiques chez Rabelais”, en Etudes Rabelaisiennes, Génova, Ed. Droz, Págs. 225 a 236[Trad. de Ignacio Rodríguez]
[iii] Transcribo el siguiente fragmento del capítulo XV: […]Entonces su padre se percató de que la verdad era que estudiaba muy bien y le dedicaba todo su tiempo pero que, a pesar de todo, no le aprovechaba nada y, lo que es peor, se estaba volviendo loco, necio, totalmente atontado y alelado[…]” (Véase Rabelais, Op. Cit., Pág. 137)
[iv] Artal, Susana, “François Rabelais. Humanismo, risa y ficción”. En Para leer a Rabelais (Ficha de cátedra), Buenos Aires, Opfyl, 2008, Pág. 6.
[v] Rabelais, Op. Cit., Pág. 226.
[vi] Ídem, Pág. 231.
[vii] Ídem, Pág. 227.
[viii] Picrócolo es lo contrario de esto, ya que llega a la guerra sólo por lo que oye de boca de los bolleros. Inicia un conflicto por un tema menor, sin tener en cuenta los daños que el mismo va a provocar a su gente. Al respecto d esto, nos encontramos con la idea de Erasmo: ‘Da grima enumerar y referir  cuántas tragedias han desencadenado por puras bagatelas y en qué centellica tan pequeña han encendido tan lúgubres antorchas e incendios tan bastos y tan asoladores. En estos casos, asalta la mente todo un aluvión de injusticias y cada cual hiperboliza y exagera su propio mal. Y, en cambio, en el olvido más profundo, yacen los beneficios recibidos, por manera que jurarás que la guerra es apasionadamente deseada […]’. (Erasmo de Rotterdam, “Querela Pacis”. En Obras escogidas. Madrid, Ed. Aguilar, 1964, Pág. 987).
[ix] Pensemos en esta idea desde la óptica de Maquiavelo, quien ya había dicho que la primera idea de la inteligencia de un señor está dada en base a los hombre que lo rodean, y si estos son fieles y competentes o no. Para más dato al respecto, véase Maquiavelo, Nicolás, “Cap. XXII: De los secretarios que tienen los príncipes”. En El príncipe, La Plata, Terramar, 2006. Págs. 134 a 136. [Trad. Francisco Barbagallo]


BIBLIOGRAFIA:
_ Rabelais, François, Gargantúa. Madrid, Ed. cátedra, 2008 [Trad. y Ed. de Alicia Yllera]
_ Maquiavelo, Nicolás, El príncipe. La Plata, Terramar, 2006. Págs. 134 a 136. [Trad. Francisco Barbagallo]
_ Erasmo de Rotterdam, “Querela Pacis”, “La guerra es grata para los inexpertos”. En Obras escogidas. Madrid, Ed. Aguilar, 1964.
_ Demerson, Guy, “Paradigmes épiques chez Rabelais”, en Etudes Rabelaisiennes, Génova, Ed. Droz [Trad. de Ignacio Rodríguez]
_ Artal, Susana, “François Rabelais. Humanismo, risa y ficción”. En Para leer a Rabelais (Ficha de cátedra), Buenos Aires, Opfyl, 2008.